Ya ni sorprende. Ya ni duele como antes. Lo que queda es hartazgo. El Rayadito volvió a perder, esta vez 1-0 frente a Ameliano, y sigue demostrando que este regreso a Primera División ha sido un verdadero calvario.
Por Sergio Velázquez
San Lorenzo volvió a irse con las manos vacías. Cuando parecía que al menos podía rescatar un empate, llegó el golpe definitivo: penal para Ameliano y Cristhian Ocampos no perdonó a los 86 minutos para poner el 1-0 que terminó sentenciando otra noche triste para el conjunto santo.
Pero el problema ya dejó de ser un partido, un resultado o una jugada puntual. El problema es todo.
Diez fechas del Clausura y apenas un punto. Una campaña que no encuentra reacción, un equipo que no transmite seguridad y un club que parece no encontrar el camino para competir dignamente en la máxima categoría.
Cambian los entrenadores, cambian los jugadores, cambian los planteamientos y el resultado termina siendo prácticamente el mismo: San Lorenzo pierde.
Ahora le tocó a Ameliano, un equipo que hizo lo necesario para quedarse con los tres puntos. El Rayadito, una vez más, fue incapaz de aprovechar sus oportunidades y terminó pagando caro una desconcentración en el tramo final.
Y mientras tanto, la tabla de posiciones ya no admite demasiadas explicaciones. San Lorenzo está en el último lugar, con apenas una unidad, mientras la preocupación por el promedio se vuelve cada vez más grande. Lo verdaderamente preocupante es que no se ve una reacción.
Con Pablo Fornasari como nuevo entrenador, el equipo sigue sin encontrar respuestas. El argentino llegó en medio de una temporada caótica, siendo ya el cuarto técnico del año, y hasta ahora tampoco consiguió cambiar la historia.
El Rayadito regresó a Primera y, en lugar de demostrar que estaba preparado para competir, está dejando una imagen cada vez más difícil de defender.
A esta altura ya no alcanza con hablar de mala suerte, de errores arbitrales, de penales o de partidos cerrados. San Lorenzo tiene que hacerse cargo de lo que está mostrando dentro de la cancha. Porque los partidos pasan, las fechas pasan y los puntos no llegan.
Y mientras los demás compiten, suman y buscan sus objetivos, el Rayadito continúa hundiéndose.
Otra derrota. Otra fecha sin ganar. Otra oportunidad desperdiciada. Y cada vez queda menos margen para seguir justificando lo injustificable.










