El pobre San Lorenzo pasó un nuevo papelón, al ser humillado 5-0 por Libertad, quien no tuvo piedad en su «Huerta». Uno más en una colección que ya resulta bochornosa, vergonzosa y cada vez más difícil de justificar. Lo de este equipo dejó de ser una mala racha hace tiempo; hoy es directamente un reflejo patético de un club que supo pelear con dignidad para volver a Primera y que ahora parece empeñado en regalar todo ese esfuerzo.
Por Sergio Velázquez
Porque no se trata solo del resultado. Se trata de cómo se pierde. De la falta de reacción, de la desconexión total entre líneas, de la fragilidad defensiva que ya ni sorprende y de una impotencia ofensiva que desespera. El equipo entra a la cancha como si el golpe fuera inevitable, como si competir fuera opcional. Y eso, para una institución con historia, es inadmisible.
Lo más doloroso es el contraste. Este es el mismo club que hace poco luchaba cada pelota como si fuera la última, que construyó su regreso desde abajo, sin atajos ni favores. Nadie le regaló nada a San Lorenzo. Y sin embargo, hoy es el propio equipo el que regala prestigio, puntos y respeto cada fin de semana. ¡Qué manera de dilapidar todo!
El balance es alarmante y no admite maquillaje: una seguidilla de derrotas que se acumulan sin freno, una cantidad de goles en contra que expone todas las falencias estructurales y una cosecha de puntos que apenas sirve para maquillar una campaña que se cae a pedazos. Fecha tras fecha, el equipo se supera… pero en lo negativo. Y eso ya no es casualidad, es tendencia.
Mientras tanto, la gente sigue. Acompaña, empuja, se ilusiona aunque le devuelvan muy poco. Esa fidelidad contrasta con la pobreza futbolística que se ve en la cancha. Porque si hay algo que este presente no tiene, es reciprocidad. El hincha está, pero el equipo no responde.
Y lo más preocupante es que este camino tiene un destino claro. Uno que nadie quiere nombrar, pero que cada vez parece más inevitable si no hay un cambio drástico. Porque jugando así, compitiendo así —o mejor dicho, sin competir—, el desenlace está cantado.
Lo de ayer no fue solo una derrota. Fue otra muestra de un equipo que no está a la altura, que se ha vuelto sinónimo de frustración y que, tristemente, parece no tocar fondo nunca. Y eso, para San Lorenzo, ya es demasiado.










