La caída del Rayadito ante Sportivo Trinidense volvió a desnudar una realidad que ya no admite matices. El 2-1 en contra no solo suma otra derrota en la campaña, sino que profundiza una sensación que empieza a transformarse en certeza: este equipo está lejos de estar a la altura de la categoría.
Por Sergio Velázquez
Trinidense hizo lo que hoy San Lorenzo no puede: fue efectivo. Fernando Romero abrió el marcador aprovechando una defensa pasiva. Como en la fecha pasada, nuevamente un jugador de la casa, Axel Galeano puso el empate transitorio. Y ya en la segunda mitad Nelson Gauto volvió a poner en ventaja al «Triqui» tras una jugada en la que otra vez la última línea quedó expuesta.
La diferencia fue clara sin necesidad de un dominio abrumador. Trinidense generó las situaciones más peligrosas, supo cuándo golpear y manejó los tiempos. San Lorenzo, en cambio, volvió a mostrar una alarmante falta de peso ofensivo, con aproximaciones sin profundidad, centros sin destino y muy pocas situaciones realmente claras. Cuando el rival acelera, sufre; cuando tiene la pelota, no lastima. Esa combinación es letal.
Lo que más duele es el contexto. La victoria de la fecha pasada había abierto una pequeña puerta a la ilusión, pero esta derrota golpea más fuerte justamente porque confirma que aquel triunfo fue apenas un paréntesis en una campaña muy pobre. Con una acumulación de derrotas que lo posiciona como el peor equipo del torneo, San Lorenzo empieza a quedarse sin margen incluso antes de que llegue la parte decisiva del año.
Pensar en la permanencia hoy suena casi a un acto de fe. El equipo está obligado a proyectar un Torneo Clausura cercano a la perfección si pretende salvarse, algo que contrasta de forma brutal con lo que viene mostrando dentro de la cancha. No hay regularidad, no hay identidad y, lo más preocupante, no hay señales claras de mejora.
En ese panorama, lo de Federico Cristóforo, quien entró a los 28′ para reemplazar a Luis Franco en el arco por lesión, merece un análisis aparte. Los números hablan por sí solos: la cantidad de goles recibidos con él bajo los tres palos es demasiado alta y, más allá de responsabilidades compartidas, su presencia no transmite seguridad. Cada llegada rival parece terminar en situación de riesgo concreto. San Lorenzo necesita tomar una decisión urgente en ese puesto, ya sea buscando una alternativa inmediata o apostando por algún arquero de las formativas. Sostener esta situación solo agrava el problema.
El presente es crítico y el margen de error ya es mínimo. San Lorenzo no solo pierde partidos: pierde credibilidad, confianza y tiempo. Y en el fútbol, cuando todo eso se acumula, revertirlo deja de ser una tarea difícil para convertirse en una misión límite.










