Otra vez un golpe que duele, pero que ya ni siquiera sorprende. La derrota 4-2 ante Recoleta expone, una vez más, la cruda realidad de un Sportivo San Lorenzo que no está a la altura de la categoría y que parece haber normalizado el fracaso.
Por Sergio Velázquez
Lo más engañoso del partido fue el arranque. El gol tempranero de Alex Álvarez insinuó una reacción, una mínima señal de vida en medio de tanta oscuridad. Pero duró nada. Fue un chispazo aislado en un equipo que no tiene continuidad, que no sabe sostener un resultado y que, ante el primer golpe, se desmorona sin ofrecer resistencia. Recoleta no necesitó demasiado para acomodarse en el partido, le bastó con orden y decisión para empezar a desnudar todas las falencias del Rayadito.
Y ahí es donde aparece lo más preocupante. No se trata solo de perder, sino de cómo se pierde. San Lorenzo es un equipo frágil, desordenado y emocionalmente débil. La defensa es un descontrol permanente, el mediocampo no contiene ni genera, y en ataque todo depende de acciones individuales aisladas. No hay idea de juego, no hay rebeldía, no hay una reacción colectiva que permita, al menos, competir.
El segundo tiempo fue la muestra más clara de este derrumbe. En cuestión de minutos, el partido pasó de estar relativamente abierto a completamente sentenciado. Dos golpes seguidos bastaron para que el equipo de Julio Cáceres se apagara por completo. A partir de ahí, fue un trámite cómodo para el rival, que manejó los tiempos y golpeó cada vez que quiso, ante un San Lorenzo completamente entregado.
El descuento de Axel Galeano, como tantas otras veces, solo sirvió para maquillar el resultado. No cambia nada. No modifica la sensación de que este equipo está perdido, sin rumbo y sin respuestas. Porque cuando un equipo recibe cuatro goles con tanta facilidad, cualquier intento ofensivo pasa a ser anecdótico.
Lo más alarmante es que ya no se ven señales de mejora. Pasan los partidos y San Lorenzo sigue repitiendo los mismos errores, mostrando las mismas carencias y dejando la misma imagen de impotencia. No hay evolución, no hay reacción, no hay un punto de quiebre que permita creer en una recuperación.
Este no es un mal momento pasajero. Es una crisis profunda. Y si no hay cambios de fondo desde lo futbolístico hasta lo anímico el desenlace parece inevitable. Porque hoy, más que competir en Primera, San Lorenzo da la sensación de estar simplemente sobreviviendo fecha tras fecha, esperando que el golpe final tarde lo máximo posible.










