La noche que debía ser una prueba de carácter terminó siendo una humillación histórica. En el estadio Gunther Vogel, el Sportivo San Lorenzo cayó 7-0 ante Libertad por el Torneo Apertura del fútbol paraguayo, firmando una de las derrotas más duras que se recuerden en los últimos años del Rayadito.
Por Sergio Velázquez
Hablar de «resultado admisible» en un 7-0 suena casi a ironía cruel. Si bien enfrente estuvo uno de los planteles más poderosos del campeonato, nada justifica la forma en que el equipo se desmoronó. No fue solo la diferencia de jerarquía, sino la falta de reacción, la pasividad defensiva, los errores no forzados y una preocupante ausencia de rebeldía. San Lorenzo no compitió, y eso es lo más alarmante.
Desde los primeros minutos se vio a un equipo partido, superado en intensidad y desordenado tácticamente. Cada avance de Libertad parecía terminar en situación de gol. La defensa fue un colador, el mediocampo no contuvo y en ataque prácticamente no hubo respuestas. El 7-0 no fue producto de la mala suerte ni de circunstancias aisladas; más bien la consecuencia lógica de un equipo sin funcionamiento y, peor aún, sin alma.
Este papelón no es un hecho aislado. Se suma a una campaña que viene siendo desastrosa. Derrotas acumuladas, un rendimiento colectivo que empeora fecha tras fecha y una sensación creciente de que el equipo está perdido, tanto en lo futbolístico como en lo anímico. La tabla empieza a ser una amenaza concreta y la palabra «permanencia» deja de ser un murmullo para convertirse en preocupación real.
Lo más inquietante es la falta de señales de mejora. No hay una identidad de juego clara, no se consolida una base titular y los errores se repiten como un loop interminable. Cuando un equipo pierde 7-0 en su propia casa, el problema es estructural. Y las responsabilidades no pueden recaer únicamente en los jugadores, aunque es claro que no están a la altura de lo que un club de Primera exige, también hay decisiones dirigenciales, planificación deportiva y conducción técnica que deben entrar en revisión.
La gente del Rayadito, fiel como siempre, acompañando al equipo en un día feriado, merece explicaciones y, sobre todo, respuestas dentro del campo. Porque se puede perder, incluso ante un rival superior. Lo que no se puede aceptar es la entrega prematura, la resignación y la imagen de fragilidad extrema que dejó el equipo.
San Lorenzo tocó fondo, aunque cada fecha se supera, y ahora debe enfrentarse a Olimpia, líder invicto del certamen. La pregunta es si este golpe servirá como punto de inflexión o si será simplemente otro capítulo en una temporada que amenaza con quedar marcada como una de las más oscuras en la historia reciente del club. El margen de error ya no existe, y el tiempo para reaccionar se agota.










